Y así es la vida
Cuando tenía dieciséis años creía que la vida era una película a punto de empezar.
Me veía cruzando océanos, enamorándome en estaciones de tren, viviendo aventuras que dejarían cicatrices hermosas.
El mundo era enorme, recién estrenado, y yo tenía la arrogancia dulce de quienes creen que todo está por conquistar.
Después llegaron los veinte.
Llegaron los primeros amores, esos que no se conforman con tocarte: te incendian.
Prometían para siempre, pero terminaron como terminan las tormentas: dejando charcos donde antes había fuegos artificiales.
Aun así seguí buscando. El gran amor, el definitivo, el que me sostendría en los días nublados y me celebraría en los soleados.
Rozando la treintena apareció un hombre que no prometió fuegos artificiales, sino una silla donde descansar.
Y lo elegí. No fue un “destino escrito en estrellas”, fue una decisión.
Una de esas que te cambia la vida sin hacer ruido.
Y la vida pasó.
Vinieron los hijos, las noches sin dormir, las facturas que nadie te explica en la adolescencia, las responsabilidades que se pegan a la piel como lluvia fina.
Mis sueños de película se fueron quedando atrás, convertidos en versiones más reales, menos brillantes… pero más mías.
Porque nada es tan perfecto como lo imaginábamos a los dieciséis.
Y quizá por eso duele menos y abraza más.
Hoy, con la distancia de los años y las preguntas que llegan sin pedir permiso, a veces me pregunto si cambiaría algo.
Quizá sí… quizá no.
La verdad es que el amor sigue siendo un sueño hermoso, sí, pero la realidad tiene otra textura:
no es de seda, sino de algodón gastado, de manos entrelazadas en silencio, de conversaciones a medias y pactos invisibles.
No es perfecto, pero sostiene.
Y al final, lo mires como lo mires, la vida no se parece a ninguna película.
Pero —y aquí está el truco— seguimos buscando escenas que nos salven.
Y algunas, aunque breves, lo hacen.


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