Capítulo III - Berlín 1956: El eco dividido
Nuevamente, llevaba casi dos años en reposo, durmiendo en mi caja de cartón en lo alto del armario.
A mi alrededor dormían zapatos comunes: de tacón gastado, de oficina, de cenas sin peligro. Yo no pertenecía a ese mundo. Fui hecho para vivir al límite, para marcar pasos que cambian destinos. Aunque el polvo me cubría, estaba seguro de que la espera merecería la pena.
Sabía que Alondra, aun en el retiro aparente, nunca dejaba de escuchar. Seguía en su discreto apartamento de Chamberí, con balcones que daban al rumor del tranvía y a las voces del mercado.
Cada mañana abría las ventanas, regaba las plantas y ponía la radio. Algunas tardes escuchaba su disco favorito de Edith Piaf, otras algo de Sonny Rollings, como si la música pudiera mantener al mundo sereno.
Su vida diaria era ordenada, anodina a los ojos de cualquiera. Como secretaria en la embajada británica y ocasional intérprete, oía confidencias de ministros, filtraba discursos antes de que salieran a la luz.
No tomaba notas: su memoria era impecable y siempre sabía cuándo se agitaban las placas tectónicas de Europa. Y cuándo El Cuervo, esa red de alianzas secretas que habitaba el corazón de la posguerra, volvería a desplegar sus alas.
Aquella mañana de marzo, sonó en la radio un tango lento. El mismo que había anunciado, dos años antes, la misión en Estambul.
Casi como un signo de alerta, Alondra levantó la cabeza, sus ojos se quedaron suspendidos en el vacío. Un leve temblor en su pulso me bastó para entenderlo: El Cuervo había regresado.
Al poco tiempo, el timbre sonó tres veces, con la cadencia exacta que solo El Cuervo usaba.
No abrió de inmediato, corrió las cortinas y se dirigió a la entrada. Un sobre negro se deslizó bajo la puerta. Ella lo sostuvo un instante entre los dedos, sintiendo el relieve del sello: el cuervo con las alas abiertas.
Dentro, un recorte de periódico: “Científicos alemanes desaparecen al cruzar hacia el Este.”
Y una nota, escrita a mano, sin firma:
“No basta con sobrevivir. Hay que influir.”
No dijo palabra. Sólo una media sonrisa le curvó los labios, de esas que no anuncian alegría, sino destino.
Yo la observaba desde mi atalaya, y supe que la acción había vuelto a nuestras vidas.
Después, con la precisión de un ritual, se descalzó los zapatos que llevaba y me sacó de mi caja:
—Despierta, Mi Sombra —susurró—. Tenemos trabajo.
El cuero me pesaba, como si también yo presintiera que íbamos a pisar terreno peligroso.
Encendió un cigarrillo, y mientras el humo ascendía, preparó la maleta: un abrigo de lana, una blusa blanca, su pistola desmontada, el frasco de perfume que usaba solo en las misiones, y el sobre del Cuervo con una sola palabra escrita a mano: Berlín.
Berlín nos saludó con una lluvia fina y pertinaz. Era una ciudad a medio construir, o a medio destruir.
Los tranvías chirriaban sobre las vías como si el metal aún recordara al guerra. Todavía no existía el muro, pero las calles ya estaban partidas por acentos y silencios.
Mis tacones resonaban en las aceras mojadas del Tiergarten como metrónomos de otra época.
Berlín tenía las heridas de Viena, solo que más hondas: las ruinas aquí no eran cicatrices, eran fronteras.
Alondra alquiló una habitación en una pensión discreta cerca del zoo. El recepcionista apenas habló, todos allí habían aprendido a no preguntar demasiado.
La misión era clara: localizar a un científico alemán que filtraba información nuclear al bloque soviético. El hombre buscaba su propia salida de Alemania y, por eso, negociaba con ambos bandos, dispuesto a vender su secreto al mejor postor. Esa noche, debía entregar a Alondra un microfilm con los nombres de los científicos que cruzaban al Este. Alondra, a su vez, tenía que hacerle llegar ese documento a Lennox, el enlace del Cuervo, quien lo conduciría a Ginebra, una de las sedes de la organización. Si el científico cumplía la entrega, el trato estaba claro: El Cuervo gestionaría su salida de Alemania, ofreciéndole la oportunidad de desaparecer en uno de los refugios discretos de la posguerra europea, lejos del cruce de bandos, fronteras y sospechas propias de la nueva guerra fría.
Durante tres días Alondra observó. Pasaba las mañanas en cafés donde la gente fingía leer periódicos sin noticias y las tardes paseando por los puentes, donde las penumbras parecían escuchar.
A Lennox lo localizó en el Café Wintergarten. Alondra llevaba un libro entre las manos y esa mirada que invita a hablar sin permiso. Él era más joven de lo que Alondra esperaba. Elegante, pero sin estridencias. Fumaba despacio, como quien mide cada gesto, cada palabra antes de usarla.
Cuando ella se acercó, él ya la había visto.
—No pensé que el Cuervo tuviera rostro tan bonito—dijo él, sin apartar los ojos de su taza.
—Nadie lo tiene. Solo reflejos —respondió ella, tomando asiento.
El camarero dejó dos cafés. La conversación fue breve, pero densa. Hablaron del intercambio, pero se miraban como si hablaran de otra cosa.
Alondra notó un temblor en su mano cuando Lennox rozó sus dedos al pasarle la nota con el lugar del encuentro con el científico alemán. Ese roce no fue casual. Nada lo era.
El intercambio tendría lugar a las 20:00 de la noche siguiente, junto al paso de Friedrichstraße. El científico llevaría gabardina, una cámara colgada al cuello y una pequeña insignia del Cuervo prendida en la solapa.
La nieve empezó a derretirse esa noche, haciendo que el aire cortase como vidrio.
Alondra caminaba con paso medido. Todo parecía estar aparentemente tranquilo, pero las sombras siempre tenían ojos ocultos. Yo sentía el suelo helado bajo mis clavos y el temblor subterráneo de los trenes, era la anticipación del peligro.
El andén estaba abarrotado. Un tren partía hacia el este. Y allí, entre la multitud, una figura emergió del humo de un cigarrillo: el Hombre del Abrigo Gris.
El mismo que nos acechó en Viena, el mismo que nos persiguió en Estambul.
Al fin y al cabo, pensé, las historias no mueren: mudan de escenario.
Y el hombre del abrigo gris parecía llegar siempre cuando la historia estaba a punto de culminar.
Pero nuestro enlace, el científico alemán, ya estaba allí esperándonos. El intercambio fue limpio hasta que un disparo rasgó el aire.
La multitud se dispersó en segundos. Alondra consiguió esquivar la bala y disparar a su vez. El eco del disparo rebotó entre los muros, sentí el temblor en mis suelas. Esta vez, la bala de Alondra consiguió alcanzar al hombre del abrigo gris, que, aunque malherido se levantó y consiguió escapar.
Alondra corrió tras él. Yo resbalé en el barro, sentí el tacón astillarse y el calor de una lámpara rota quemar mi suela. Avancé igual: nadie huye solo con un zapato y ella lo sabía bien. Nuevamente, el hombre del abrigo gris se nos había escapado.
Pero para nuestra sorpresa apareció Lennox y nos sacó de allí.
Alondra, impasible, se acercó a Lennox y en voz baja le dijo:
—Si salimos de ésta, pídame una copa. Pero no hable del Cuervo.
Horas después, en nuestra habitación junto al zoo, el ruido de la ciudad era una respiración rota. Lennox bebía whisky frente a la ventana. Su rostro estaba tranquilo, demasiado tranquilo.
Ofreció un cigarrillo a Alondra, quien aún llevaba su blusa manchada de hollín y limpiaba mi costado con un pañuelo húmedo.
—Bien hecho, Alondra. Los nombres llegarán a buen puerto.
—¿Serán rescatados? —preguntó ella.
—Serán… seleccionados. Europa no se construye sin sacrificios.
Alondra entendió entonces: El Cuervo no siempre rescataba a sus piezas. A veces, solo borraba testigos.
El silencio entre ellos era tan íntimo como cualquier confesión.
—¿Por qué sigue obedeciendo al Cuervo? —preguntó él.
—Porque no hay nadie más que se atreva a mirar en los escombros —respondió.
—A veces me pregunto si el Cuervo protege a Europa… o la dirige.
—Ambas cosas —dijo ella, con una sonrisa cansada—. Y nosotros somos solo el eco de sus alas.
Él se acercó. Durante un instante, el aire tuvo otro peso. No se besaron. Pero el deseo estuvo ahí, quieto, contenido, como un secreto inconfesable.
Cuando amaneció, el microfilm ya estaba camino de Ginebra. Lennox partió con él en un coche negro, sin despedirse.
Ella se levantó, miró por la ventana y comenzó hacer la maleta. Guardó la blusa manchada, su perfume, su pistola desmontada y dobló con cuidado la carta del Cuervo.
En el reverso, leyó una línea escrita a mano:
“La próxima vez, Londres.”
Yo, Mi Sombra, guardé el latido de aquel día, la herida del fuego y el peso de la promesa. Los mapas cambiaron, pero el peligro siempre regresaba a los pies de Alondra: ahí donde empezaban y terminaban todas las historias.


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