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Por si vuelve la luz: relato íntimo de amor y esperanza

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Imagen realizada con IA Esa noche él dejó su mano sobre el mantel, con la palma hacia arriba, abierta como una pregunta, esperando a que la mía se posara en ella. Yo hablaba, por primera vez decía en voz alta lo que llevaba tanto tiempo callando, y las palabras me salían solas, una detrás de otra, como si llevaran años haciendo cola. A él se le iban humedeciendo los ojos, y yo, que era la que contaba, la que había vivido cada una de aquellas frases, las oía salir de mi boca como quien escucha la historia de otra. No fue una liberación. Fue pudor, y un «ya me da igual», y un «ya salí de esto sola como para que ahora venga nadie a consolarme». Su mano seguía allí, esperando, y mientras yo hablaba, mi cabeza me lo dijo bien claro: nunca has necesitado a nadie para salir de tus problemas, y no vas a empezar ahora. Así que no la cogí. Y no fue por dureza. Fue porque mi corazón, ese que antes bailaba descalzo como una niña en una verbena, sin miedo a nada, con los bolsillos llenos de amor pa...

Gentil caballero: cuatro acrósticos para un amor a distancia

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Una pantalla encendida a deshoras, la casa dormida y un correo que todavía no has abierto. Hay personas que entran en nuestra vida por esa puerta, la de las palabras, sin calle, sin mesa y sin fecha, y un día descubres que se han quedado. Estos acrósticos nacieron de la mano de mi novela. Son cuatro maneras de decir Gentil Caballero y cuatro escalones de una misma historia: la amistad que se vuelve refugio, el refugio que se vuelve deseo, y el deseo que aprende a vivir sin tocarse. I G uardo entre mis palabras un rincón que lleva tu nombre, E se lugar donde el alma descansa cuando el mundo pesa. N unca hizo falta encontrarnos para sentirnos cerca, T an solo unas letras bastaron para acortar la distancia. I magino que hay personas que llegan sin avisar L entamente, casi sin hacer ruido, y terminan quedándose. C uando los días se vuelven grises, tu voz escrita los ilumina, A veces basta una palabra tuya para devolverme la calma. B endigo esas conversaciones que nadie más conoce, A quell...

Las lentejas de mi madre: el sabor de la cocina de siempre

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Imagen creada con IA  Hoy me he comido las lentejas que hizo ayer mi madre y, nada más probarlas, he vuelto a darme cuenta de que, como tantos otros guisos suyos, nunca conseguiré copiarles el sabor. Últimamente cocino yo más para mis padres que ellos para mí. Son los años, y no es solo una expresión, es la realidad. Con los noventa y dos años que tiene mi madre, eso de cocinar ya le da pereza, pero lo que hace todavía conserva ese sabor exquisito que inmediatamente me lleva a mi niñez, a los años en que vivía con mis padres. Su especialidad siempre han sido las manitas de cerdo, aunque ahora, cuando decide cocinarlas, primero me pregunta cómo las hacía, que no sabe si se acuerda bien de todo lo que les ponía. Y yo se lo digo, porque hace unos años tuve la precaución de preguntarle por esa y por otras recetas suyas y de apuntarlas en una libretita, sin saber entonces cuánto iba a agradecer tenerlas guardadas ahí y no solo en la memoria. Le doy la receta y luego ella hace la magia. ...

Acróstico para Pilar: un relato para el 12 de octubre

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Mis recuerdos van desde aquel banco en el paseo de Sagasta de Zaragoza, donde mi abuela Josefa nos llevaba de la mano a mi hermano, a mis primos y a mí, vestidos de baturros. Yo era la «niña» y la pequeña, una baturrica de unos dos años con un enorme moño, de cara alegre y regordeta, que seguramente no entendía nada de lo que estaba pasando y mucho menos por qué mi mamá me había vestido así, me había recogido el pelo y me había pintado coloretes en la cara. El banco del paseo de Sagasta, con la abuela Josefa. Yo soy la del moño. La primera vez que me vestí de baturra no sabía hablar. Mi madre, modista de profesión, me hizo el traje en sus ratos libres y a escondidas, y cuando llegó aquel doce de octubre vistió a mi hermano, que tenía ya cinco años, y le dijo a mi padre que lo subía a casa de Pilar, la vecina del tercero, para que viera lo guapo que estaba de baturrico. En realidad, mi madre había dejado mi vestido de baturra allí la tarde de antes y me vistió en aquella casa. Al cabo ...

Tiempo para mí: relato de una mujer que corre al amanecer

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  Hay una hora en la que la ciudad todavía no ha decidido qué quiere ser.    Cuando las aceras huelen a noche vieja y a pan recién hecho al mismo tiempo, y algunos semáforos parpadean en ámbar porque aún no hace falta que nadie obedezca a nadie. Es mi hora. Me la robé hace dos años a una versión de mí que se quedaba en la cama mirando el techo, contando grietas. Ahora me la gasto así: zapatillas, el pelo recogido en una coleta alta, y los auriculares puestos antes de cruzar el portal, porque hay que blindarse antes de salir, no después. La música empieza y la ciudad cambia de idioma. Ya no son bocinas ni obras ni conversaciones ajenas que me rozan sin pedirlo. Son solo capas. Ritmo debajo, mi respiración encima, y entre medias, yo. Entera. Ocupando espacio en una acera que a esta hora me pertenece casi por completo. Corro por la calle con esa extraña sensación de ser invisible y poderosa a la vez. Nadie me mira. O si me miran, no me ven. Y eso, que en otros tiempos me hab...

UN BESO DE BUENAS NOCHES

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Un beso de buenas noches. Ese que te daría si te tuviera cerca: mis labios rozando los tuyos, mi boca saboreando la tuya. Un beso de dulces sueños, de hasta mañana y de hasta ahora, en mis sueños. Cierra los ojos y siente mis labios, mi lengua humedeciendo tu boca. Buenas noches, gentil  caballero. Dulces sueños. Te veo en ellos. @SoniaGama65

Gracias por tu amor infinito

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 Te nombro madre y el tiempo se inclina. Vuelvo a ser niña con las rodillas raspadas de parque, con la tarde enredada en tu voz y un cuento que hacía del miedo algo pequeño. Tú eras hogar antes de saber lo que significaba. Hoy te miro, con la vida bordada en la piel, con esa sonrisa que aún enciende la estancia como si el sol te obedeciera. Y ahora, con casi un siglo latiéndote en los ojos, sigues siendo refugio, luz que no entiende de cansancio.  Y entiendo: hay amores que no envejecen, solo se vuelven eternos. Madre, eres ese lugar al que siempre vuelvo, aunque nunca me haya ido. Y aún así… me faltan años, me falta voz, me falta mundo para agradecerte. @SoniaGama65