Hoy no puedo, lo dejamos para otro día
Laura llevaba media hora mirando el árbol desde la ventana de su estudio sin haber escrito una sola palabra. El estor, a medias. La taza de té, fría. El cursor, parpadeando con esa paciencia irritante que solo tienen las máquinas. Afuera, el viento sacudía las ramas con ganas, como si quisiera arrancarles algo que no terminaban de soltar. Una primavera rara, esa, que no acababa de decidirse entre el frío y el calor. Como ella últimamente. Cogió el móvil. Lo dejó. Lo volvió a coger. Las noticias eran las mismas de siempre: una guerra, otra guerra, un hombre que había matado a su mujer, otro que había matado a sus hijos. Laura lo cerró antes de llegar al final del titular. Había un límite para lo que una persona podía absorber en un domingo por la tarde. Sus amigos tenían planes. Su familia estaba desperdigada por medio mundo. Y ella ahí, con el té frío y el cursor parpadeando. Entonces levantó la vista y vio el cielo. Azul. Limpio. Despejado de una manera casi ofensiva, como si nad...