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La costumbre de pensarte — poema de amor íntimo | Sonia G. Marín

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 No quiero perder las buenas costumbres, esas que nacen sin aviso y terminan en latidos. Escribirte… como quien se asoma al borde de algo que no sabe si es recuerdo o principio. Sin motivo y sin embargo con todas las razones escondidas en la punta de los dedos. Saludarte… y en el gesto, rozarte sin tocarte. Pensarte… como se piensa lo que no se olvida, aunque se intente. Buscarte… con esa duda dulce de no saber si encontrarte o dejar que seas tú quien me descubra. Pícara, sí… pero con esa timidez que delata lo que calla. Alegre… como quien juega con fuego y sonríe antes de quemarse. Sorprendida… de lo fácil que es volver a donde nunca te has ido del todo. Y en el fondo… tan en el fondo que casi da miedo decirlo— esto no es solo un “hola”. Es un “estoy aquí…” susurrado bajito, como si pudiera tocarte. Y un “sé que estás allí…” con la certeza de que, de algún modo, también me estás sintiendo. Un beso… (de esos que no se dan en la boca, pero llegan igual) Este poema nació de esa sensa...

¡Feliz día del Padre!

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Capítulo VI – París, 1959

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París me recibió con un suelo amable. El parquet encerado del Hôtel Lutetia amortiguó mis tacones con cortesía, de esas que no hacen ruido, pero se notan en cada paso. Era un salón privado, reservado para encuentros que no necesitaban rótulos ni prensa. Se trataba de una reunión de trabajo, de esos que empiezan tarde y se prolongan lo suficiente como para que nadie tenga prisa. Alondra —Elena Vargas en aquella mesa— ocupaba su lugar con la serenidad de quien sabe que sitio debe ocupar. La espalda recta, las manos tranquilas, la mirada atenta. No había tensión en su cuerpo. No hacía falta. Había venido a trabajar como intérprete de la delegación inglesa. Eso era todo, en un principio. Yo descansaba bajo la mesa, con los tacones cruzados, atento al pulso que me llegaba desde su pie. Era firme, estable, profesional. París no exigía cautela, permitía respirar. La mesa estaba dispuesta con elegancia discreta: manteles claros, copas alineadas, carpetas cerradas con cuidado. A su alrededor, l...

Volviste

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Volviste Y me odio por ello Jugamos  Y me dejé perder Te odio y te deseo Me atrae tu juego Pero me vuelves loca Vete, déjame Pero quédate cerca Por si duele el camino @SoniaGama65

Capítulo V – Praga, 1959. Las dos verdades

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Nos encontrábamos en el café Slavia.  Dentro, el aire era espeso; una mezcla de café recalentado y humo viejo atrapado en las cortinas hacía difícil respirar hasta que uno se acostumbraba. Alondra lo esperaba junto a la ventana, de espaldas al río. Recta. Serena. Intocable. Yo, Mi Sombra, reposaba bajo la mesa, con los tacones cruzados, escuchando el murmullo de las cucharillas y el crujir de los periódicos. Afuera, el Moldava arrastraba su corriente gris bajo un cielo inmóvil. Llevábamos tres días en Praga. La misión, según el Cuervo, era simple: contactar con Jan Rádek, periodista del Lidové noviny, sospechoso de traficar con información sobre científicos refugiados en Occidente. La versión oficial decía que Rádek vendía nombres al bloque soviético. La versión no escrita —la que el Cuervo enviaba entre líneas— aseguraba que era él quien filtraba los abusos del propio servicio. Dos verdades.  Y una sola orden: “Eliminar el riesgo.” El Cuervo nunca explicaba a quién considerab...

6 de enero de 1959 - Un regalo de reyes inesperado

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Madrid amaneció con una luz especial aquel seis de enero. Alegre de una forma contenida, casi tímida, como si la ciudad se permitiera sonreír solo por unas horas. En Chamberí, los niños habían tomado las aceras. Salían de los portales aún con el abrigo mal abrochado, arrastrando muñecas con carritos nuevos, enseñando balones de cuero reluciente, haciendo sonar timbres de bicicletas recién estrenadas. Algún patinete chirriaba al girar, orgulloso de su primer paseo. Las madres los apremiaban hacia la misa de Reyes, pero ellos se resistían, querían que el mundo viera lo que había llegado de Oriente. Alondra caminaba entre ellos. Yo sentía su paso más lento, menos calculado. No había misión, no había consignas. Solo ese ruido limpio de la infancia que no teme ser vista. Sus labios se curvaron en una sonrisa breve, casi sorprendida, como si aquella alegría le recordara algo que había olvidado sin darse cuenta. Por un momento, no fue espía. Fue mujer atravesando una mañana luminosa. Alondra ...

Tregua de fin de año

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A veces, incluso los espías tropiezan con la Navidad. Lo sé porque, aquella noche, la nieve se quedó pegada a mis suelas como si no quisiera soltarla. Madrid relumbraba luces tímidas en las ventanas, y en el barrio de Chamberí los villancicos sonaban apagados, como si alguien los hubiera puesto en sordina para no despertar sospechas. Alondra caminaba deprisa, el abrigo bien cerrado, los guantes de piel ocultando el temblor de sus manos. En el bolso, junto a su pintalabios rojo que siempre se ponía, llevaba un sobre con el sello del Cuervo. Ni en Nochebuena había tregua. Yo sentía el contraste del frío en la calle y el calor de su piel, esa mezcla de prisa y cansancio que se le agarraba al cuerpo cuando el deber y la vida se daban de bruces. Pasamos frente a una pastelería, en el cristal, junto al pan de Cádiz y turrones, un portal de Belén pequeño anunciaba que ya era Navidad. Alondra se detuvo un segundo, apenas un par de respiraciones. Dentro, una familia brindaba con chocolate calie...